Dicen que la rumba es un
remedio pa´l olvido. Ahí el recuerdo se vuelve movimiento, lo ausente cobra
vida festiva, la fiesta se vuelve un llamado a la presencia de lo
innombrable. El baile con sus parejas melodiosas, las músicas, se amalgama y se
funde en la rumba, vagabundeo por los sentimientos que excede el negocio;
callejeo por las sensaciones más inesperadas, vida a flor de piel; devenir que
se desliza sanguíneo, sanguinario entre músculos, huesos y tendones. Pasión que
toma forma de barrio pero que viene con vientos de atrás, con sabor a barraca, con
olor a choza, con hedor a litera, con vestigios de pisadas descalzas, con
huellas de peregrinajes guiados por constelaciones, acompañados por soles,
lunas y lluvias de luceros; vientos aborígenes y cimarrones vestidos de aguas
dulces y saladas, cruces de caminos que guardan rebeldías nativas acunadas ahora
en la emergencia popular de la barriada.
Hay en la rumba caleña, en
medio de todo, porque en la rumba hay de todo -se dan cita todos los destinos y
valores posibles-, un cantar para unir los corazones; cantar colectivo que se vive como hospitalidad
gratuita, amabilidad aérea viajando en las sonrisas, apertura corporal del alma,
presencias incorpóreas de espíritus generosos opuestos a la competencia y al
individualismo banal que nos circunda. Ahí van las musas y los duendecillos del
cuerpo haciendo de las suyas para que la transfiguración humana encuentre
formas generosas en un Bem Bem donde se encuentran miradas, músicas y cuerpos;
subjetividad viajera que nos arropa en el ir y venir de géneros, generaciones y
etnias…
Al Bem Bem se va por una
avenida arterial. Si usted se sitúa en la troncal de Aguablanca sobre el invento
de la moto manía caleña encuentra el Bem Bem que es una casa igualita a la de
enseguida, que queda en una cuadra como todas las cuadras; una vecindad vuelta
avenida, con pavimento nuevo y comunidades rotas; casa habitada por el cariño
expresado en una goma musical, en un chicle pa´l bailador y eso se le pega a
uno, eso es como probar la mejor arepa del barrio, como encontrar el mejor
pandebono de la manzana o como visitar la fritanga barrio bajera de fin de
semana; eso toca volver…
Estamos en otra orilla de la
ciudad, entre la oscuridad y las luces que guardan la penumbra; cerca, cerquita
a los barrotes infames de la cárcel de Villanueva, en las fronteras del olvido
que encierran a la libertad. Ahí está El Bem Bem, punto melódico con nombre
venido del mundo afrocaribeño y en particular de la patria boricua que significa
baile, rumba, bailoteo, bailadero... Este Bem Bem es puro pueblo desde siempre;
no hay nada que le determine por fuera de su melodía y su goce; ni capitalistas,
ni traquetos, ni guapitos, ni políticos, esto nació en el barrio, es del barrio
y sigue en el barrio. Aquí se pone música
de golpe popular y se ha escuchado bolero, son, tango, fox, charlestón, mambo, pachanga,
charanga, montuno, guaguancó; pero lo que más prima es la salsa clásica de
golpe de barrio; ahora, timba y eso del regueton y la bachata, eso no se pone
porque se acaba el negocio.
La vecindad de origen de
este Bem Bem es el incunable barrio Eduardo Santos insigne eje de la gesta de
los destechados por la tierra colorada
y fangosa. Esta casa del movimiento inicio en el Eduardo Santos en 1972, ahí
estuvo 24 años hasta que se trasladó a la troncal de Aguablanca en el barrio con
nombre del luchador popular Alfonso Barberena, funcionando por 17 años sin
parar; ya está en la cuarentañes, en el cuarto piso con 41 años de aquelarre; ahí
se trasladaron porque era más fácil legalizar el negocio con la municipalidad, la
avenida tiene usos comerciales y el barrio de antes era solo residencial. ¡Cómo
lo extrañan en Eduardo santos! y que poco comercial y solitaria es la avenida; a veces al salir al
andén dan ganas de gritar con el Pete Punto Bare, ta bueno ya punto Bare, para que resuenen en esos parajes las memorias
de las batallas por un pedazo de rancho en la ciudad.
La historia comenzó en los
años 60 cuando Hernando collazos adolescente comenzó a acompañar a su cuñado al
negocio Tango Ladrillo en el barrio Villanueva donde fulguraba Celina y Reutilio
entre tangos y melodías arrabaleras; allí se fue formando el oído, el amor por
la música y por su mujer doña Alba Caicedo (q.e.p.d); ya joven y casado, decidió
armar a inicios del 70 una fuente de soda, un barcito donde se escuchara la
tradición antillana, matancera y bolerística. Pero ya arrancando comenzó a
sonar el nobel pregón de Arsenio Rodríguez con
mami me gusto, el divorcio, papa upa, el reloj de pastora, la yuca de catalina
y el bolerazo la vida es un sueño; el gran Tito Rodríguez con su inolvidable; se dejaba asomar un poco
más adelante el venezolano Ray Pérez y la Flamboyan con sus primeros atisbos;
se jugaba fútbol en las mangas aledañas y se tiraba paso en los antejardines
polvorientos; tocó entonces pasarse para el segundo piso del bar en el año 72 y
armar el barullo, el bailoteo; en el Bem
Bem había que llegar temprano, sino no se podía entrar. Ahí arrancaron y
cerraron su vida bailarines como el famoso Machura,
la flaca Lourdes, Don Arístides y su sombrero, y Pedro Álzate tirando ritmo en
las alturas, gritando “eso es mucho tema por dios”; por ahí pasaron
innombrables jugadores del América y el Cali extraviados de sus concentraciones.
Por eso aún, en el local actual, las paredes están teñidas de rojo y verde,
como guardando la caldera y el melao de caña que viene de la pasión alumbrada
con fuego en las plantaciones de la vieja hacienda esclavista.
Las músicas del Bem Bem han
llegado de muchas partes, en Cali se ha conseguido siempre mucha música que
llega por el puerto de Buenaventura, todo amante de la música sabe que las
pastas y los cd llegan con el oleaje del mar Pacífico y saben que ahora viajan
más veloces por la nube virtual, pero a don Hernando también le ha enviado
melodía desde siempre una cuñada de Puerto Rico, Doña Lucy Caicedo y en el último
tiempo su hijo Carlos Caicedo que está en los Estados Unidos, en New Yersey,
donde es más conocido como Mister Salsa por su afición a las músicas de golpe
clásico salsero; ambos le mandan música que llega por el Bonilla Aragón; son músicas que se demoran en llegar comercialmente
a Colombia y primero han sonado en el Bem Bem versiones de La Dicupe, de Charlie
Palmieri, de Frankie Dante, de Los Lebron; expresando universos mezclados
de ritmos melodías y narrativas, gestas de lenguajes sentimentales, alejados de
la razonabilidad de la escucha, que solo se pueden oír con la fuerza venial del
canto a la raza…
Se vive ahí una nocturnidad
que es disfraz, en cualquier momento suena Esperándote
de la orquesta Isla Bonita como recordando que este pueblo es enamorado, entonces se siente una camaradería vuelta risa cómplice
de la lírica que suena en cada ocasión, y van los Lebron con sé que sufriré… Una casa llena de
fantasía y ensoñación atrapada en un tiempo sin nombre, llena de guaguancó pal que sabe, en medio de
luces y sombras que prometen lo incumplible a la luz del día, colores que
guardan la memoria de los años sesenta, y de los setenta, y de los ochenta, y
de los noventa, y de los de ayer; paredes que acogen los relojes parados,
puestos al revés, muros añejos de colores verdes y rojos; santos y vírgenes en
un altar que gobierna desde su escondite todo el espacio, alumbrando la
creencia de un mundo animado por esperanzas y aseguranzas.
En la pista rodeada con
mezclas de bar cincuentero, de grill setentero, de salsoteca ochentera, de casa
inmemorial, se vivencia una disposición al baile que es figura, cintura y piel;
remolino sensible, apretuje orgiástico que se siente sin siquiera tocarse; amor
en playa a solas, en cuarto olvidado por el tiempo, en la soledad de este
universo tan azul, tan negro, tan verde, tan rojizo; lucecitas decembrinas,
bombillas de primer día de la humanidad, piso de noche oscura, de andar a
tiendas, donde lo mejor es abrazarse para aguantar el paso del huracán…
Y ahí están siempre tres
mosqueteros; Don Hernando circula de la barra a la puerta con pisadas moderadas,
va de mesa en mesa, habla del barrio de ayer y de hoy, asocia las noticias con las músicas;
para cada situación hay una lírica rumbera que nombra o da respuesta a las más
variadas situaciones; hombre enamorado de sus recuerdos, responsable de sus herederos,
armador de familia, amante enternecido que acuna sus amores con músicas, que se
duele dignamente de la partida de su señora cantando a dúo con sus amigos
boleros y tangos nacidos en los primeros años del siglo pasado. El duelo se
lleva entre cigarrillos, con ojos vidriosos, con pasadas de manos por el
cabello, con historias que son moraleja y mensaje vital para estos tiempos,
concejitos nocturnos medio dichos, razones entrecortadas, risas que encarnan la
paciencia a los tiempos que de todas maneras vendrán y pasaran.
Entre la barra y la pista
está circulando el flaco Víctor con su trompeta imaginaria, con sus LP en
vinilo, con sus mechas rodando, con su moto de mensajería que le acompaña hasta
en el momento de tirar paso; este flaco Víctor se formó en el barrio Obrero, en
el mundo de los zapateros, desde allí arranco su peregrinar por las calles
melodiosas de la ciudad que lo pasean por la amistad en cada rumbeadero; él no está
en el gesto de competencia melómana que tanto cuestiona la posibilidad de un
compartir rumbero. El flaco está en la sonrisa popular, en el movimiento
fiestero; no hay paso que se tire sin que el flaco no lo esté reflejando en
cualquier esquina de la ciudad. Rumbero que no para, que lleva músicas desde la
casa Bem Bem a muchas partes, pasando por el tejido de las ondas hercianas
inundadas de salsa, pero que siempre al anochecer está en el cielo del
vecindario barrial con su risa característica.
Y siempre en la barra, con un ojo en el sonido y
otro en la discografía esta Hernando junior; un obrero amiguero y dedicado a
sus oficios, de esos virtuosos que las multinacionales explotan en el país con
la gabela de la confianza inversionista; Hernando hijo tiene marcado en los
ojos la herencia rumbera, se mueve por todas las líneas de la rumba, pero su goce
es con el montuno y el guaguancó; Hernando Jr. recibe en el Bem Bem a todos y a
todas como en familia, presenta, pregunta, regala músicas; no es fácil
encontrar un sitio donde te regalen música no más con verte entrar, y eso es lo
que hace Hernando Jr, a veces acompañado de su hijo Danny, con una risa
acogedora y tranquila.
En varios momentos de la
noche estos tres mosqueteros se juntan en la barra, comparten un aperitivo
cruzado de las diversas mesas, hablan de las cosas de la semana, hay chiste en
la audiencia y los ritmos se van marcando sin repetir el guion, es como si cada
día trajera la urgencia de la musa rítmica en el Bem Bem; es que después de 41
años de estar sonando músicas los caminos son diversos y como en la vida cualquier cosa puede suceder. Pero
este mundo tan familiar, tan vecinal, tan compartido, tan donado al visitante
va por la banda jugando con la soledad llevada al extremo de las músicas,
enreda su silencio en el golpe de cadera, en el girar cadente de la cintura, entre
el abrazo de carnaval y el salto de pisadas livianas.
En medio de la virtuosidad
melódica de una jornada rumbera, con el entrar del amanecer, el Bem Bem viaja
por momentos hacia el bolero y el tango que guardan en su susurro un fluir de
poesía urbana, de canto interminable encajado desde las ciudades del sur que no
cesan de vibrar como ríos corrientosos; en noches que no duermen sin despertar espíritus
desde sus profundidades… Se vive así un viaje musical que es oleaje comunal,
suena oh patricia, oh mujer adolorida,
canto colectivo que cierra con Que falta que me haces
para que no muera la esperanza; energías que van y vuelven por el caribe urbano
alcanzando esta ciudad negra y sureña.
Dirán que es un negocio más,
pero que problema es mantener un negocio de rumba abierto con dignidad por
décadas. En 41 años el mayor problema ha sido mantener la legalidad del negocio,
porque la oficina de planeación con los tales usos del suelo, la cámara de comercio
controlando los registros, la DIAN metiendo la mano al bolsillo de los pequeños
negocios, la Secretaria de Gobierno controlando sólo a los que se dejan
controlar; Sayco y Acinpro cobrando impuestos sin control ahogan cualquier negocio…
Pero ahí está, incólume el Bem Bem, el rumbeadero, el bailadero, la taberna
salsera, la casa del ritmo más vieja de la ciudad en el oriente; un negocio
familiar que va pasando de padres a hijos y a nietos, saga melódica que no es ensaladita
light, es empanadita en la esquina y papa aborrajada en la otra, por eso el Bem
Bem es como una vuelta a la esquina…
Mundo popular en la ciudad
que guarda secretos para el futuro en medio de una urbe de tumultos
atropellados a la cual el Bem Bem le opone la danza mirando a los ojos, saludos
y despedidas con abrazo. Cuerpos obreros, trabajadores que llevan la vida con
dignidad… Vale la pena insistir: una hospitalidad y una sencillez que
enternecen; familia, vecindad, dialogo generacional. Una cimarronería urbana que
no tiene porque explicarse, quizás se pueda vivir y contar algo de esa felicidad,
de ese goce y ese placer gratuitos en el sentido profundo del vivir. Aquí hace presencia el viento
que trae las viejas músicas, aquí se guarda un tesoro de la Cali que espera como si no lo hiciera...
Nota: Esta narrativa va dedicada a los obreros de
Michelin quienes desde el barrio San Nicolás de Cali, albergados en carpas,
defienden el futuro de sus familias y el derecho a no ser esquilmados.
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